Ecología acústica: el problema del ruido

El origen de las pérdidas auditivas se vincula a dos mecanismos diferentes. Uno responde al principio de dosis en que la duración y la intensidad del sonido constituyen factores de riesgo. El segundo mecanismo es el daño por sonido impulsivo.

Las pérdidas auditivas pueden ser temporales o permanentes. Las primeras se experimentan como un desplazamiento del umbral auditivo en bandas de audiofrecuencia después de un corto período de exposición a sonido de alguna intensidad crítica,  desplazamiento que puede ser medido por audiometría a 2, 10 o 30 minutos después de concluida la estimulación y que se caracteriza por su retroceso con el logaritmo del tiempo transcurrido luego del cese de la carga acústica en dependencia de la duración e intensidad de la misma. La causa de esta pérdida temporal de la agudeza auditiva puede vincularse a una amplificación de la demanda de energía, lo que tras repetidas exposiciones a largo plazo, da lugar a un estadio de adaptación con un alargamiento de los tiempos de recuperación hasta las pérdidas permanentes.

Se define por daño auditivo como el nivel de audición con el cual los individuos comienzan a experimentar dificultades con la comprensión de las palabras.   Luego de 16 horas del cese de la exposición pueden ser determinadas las pérdidas irreversibles, las que con pocas excepciones se manifiestan alrededor de los 4 kHz inicialmente. El perfil audiométrico de estas pérdidas es semejante al de la presbiacucia.

Se ha señalado que el ruido puede evocar muchas clases de reflejos, particularmente cuando éste tiene carácter desconocido e inesperado, en el marco de un así llamado “sistema de proyección difusa”, el cual  conduce  la  señal  nerviosa evocada por el  sonido  hacia  el  tallo  cerebral , a  la  formación  reticular  y   de  aquí  a diferentes   subcentros  de  la  región  hipotalámica.

El ruido da lugar a diferentes reacciones a lo largo del eje hipotalámico-adrenal-hipofisiario incluyendo un incremento en la liberación de la hormona adenocorticotrópica (ACTH) y una elevación de los niveles de corticosteroides.

Se plantean dos niveles endocrinos de acción del ruido: uno caracterizado por la reacción del ACTH y el cortisol y otro por el incremento de adrenalina y noradrenalina en sangre. El predominio de uno u otro dependen del tipo de exposición al ruido.

Algunas evidencias indican, a diferencia de la exposición aguda, que la exposición crónica al ruido no modifica los niveles basales del eje tiroideo-hipofisiario, lo que sugiere la adaptación del ACTH a la exposición repetida al ruido. El eje adrenal-pituitario muestra adaptación al estrés crónico por ruido. Sin embargo, la respuesta tiroideo-pituitaria no muestra adaptación. El sistema inmune puede devenir hiporeactivo con niveles elevados de cortisol en plasma.

De este modo el ruido es considerado un factor de estrés para el hombre. En el decursar de los estadios del estrés aparece una influencia sobre el estado inmunológico de los individuos y sobre el surgimiento, desarrollo y desenlace de las enfermedades.

Desde el punto de vista de la acción del sonido sobre el sistema nervioso central se describe primariamente una reacción de activación modulada por una capacidad de adaptación.  La reacción de activación estaría compuesta por una fase de orientación y otra defensiva. La primera aparecería con niveles más reducidos de estimulación acústica, la segunda con niveles más elevados.  La reacción de sobresalto, como fase aguda de la reacción de activación, aparece con sonidos de impulso y no sufre habituación.

En el marco de la conexión de los socio-ritmos con los bio-ritmos aparecen los sucesos sonoros. Su influjo puede contribuir a o interferir la marcha de los procesos del sistema nervioso autónomo y los equilibrios entre el organismo y su entorno.

Algunas investigaciones destacan la influencia del ruido como promotor de ansiedad y modulador de las neurosis y no se descarta su influencia sobre pacientes psicóticos.  Pero la molestia es probablemente la reacción psíquica del hombre más ostensible ante el sonido en el escenario urbano y la intensidad de esta molestia, según se califica probabilísticamente por grupos expuestos, ha servido para fundamentar normas de inmisión en el ámbito comunal que protegen a una fracción mayoritaria de la población expuesta. No obstante, la reacción de molestia está mediatizada por diversos factores psicosociales.

En tanto, la exposición breve al sonido produciría molestia en dependencia de la audibilidad, las exposiciones largas se relacionarían a la distribución del nivel sonoro en el tiempo. La búsqueda de índices de contaminación sonora, basados en las relaciones del nivel sonoro y la molestia inducida, han incluido factores como la hora del día, fuente de sonido, escenario y propósito de la medición. En diversas ocasiones la molestia de la población se refleja en las quejas. Ellas denotan estado de opinión y se toman como preámbulo de acción social.

Es necesario destacar que el sonido porta información y que a esta última “per se” le corresponde una cierta carga nerviosa a cuenta de la decodificación, análisis y proyección de significados que ella conlleva junto a los códigos de acción que promueve. Pero es evidente que a esta carga contribuyen las percepciones del resto de los sentidos y en general el estado de comunicación del sujeto con su medio, el cual depende no sólo de la circunstancia que el sujeto vive sino también de sus propios condicionamientos como individuo. Desde el punto de vista del rendimiento laboral el sentimiento de carga parece jugar un papel en las variaciones del ritmo de trabajo y en la fatiga del trabajador.

Dependiendo de los significados de los estímulos y el estado psico-fisiológico, el sistema sensorial humano podría recibir más información de la que puede procesar por unidad de tiempo, lo que conduciría a un filtrado de las sensaciones que suprimiría la percepción monótona, aun siendo relevante en tareas de vigilancia, o alteraría la habilidad de discriminación con los estados de excitación, depresión, estrés o fatiga y se supeditaría a una fluctuación de su eficacia por estímulos irrelevantes que demanden atención.

Las tareas que involucran señales auditivas pueden ser interferidas con el ruido por enmascaramiento de la percepción. La duración y la intensidad del sonido en general pueden influir en el rendimiento expresado como actividades de control, rapidez de reacción, aprendizaje, memoria e inteligencia. Sin embargo, en términos de proceso productivo la estimulación sonora puede dar lugar a resultados controversiales, como el aumento de productos terminados en la jornada pero también en el número de fallos por lotes. Las actividades más afectadas por el ruido son las tareas de vigilancia, información y procesos analíticos. Las tasas de accidentes podrían constituir indicadores de efectos del ruido en la industria.

La actividad intelectiva parece influida por el escenario sonoro en que el hombre se desenvuelve. La concentración y la memoria a corto plazo pueden reducirse con el nivel sonoro y el aprendizaje puede afectarse si el sonido compite en el escaso número de canales disponibles para la entrada de información.

Una de las funciones biológicas más susceptibles al ruido es el sueño. Así las personas que residen en ambientes ruidosos pueden presentar insomnio y cansancio al despertar, lo que puede afectar el rendimiento del día. El registro electroencefalográfico revela que los individuos que duermen con ruido tienen episodios REM menos numerosos y prolongados, siendo afectados los procesos restaurativos del sueño. El momento de aparición del ruido en el sueño, la sensibilidad del individuo, el estímulo acústico y la adaptación al ruido son factores que influyen en el efecto de interferencia.

La sensibilidad al sonido de diferentes subsistemas fisiológicos sigue el orden: EEG, sistema cardiovascular (frecuencia cardíaca y vasoconstricción periférica), cambios en la resistencia de la piel, ritmo respiratorio y conducta motora.

Todos estamos inmersos en una realidad sonora que en los últimos tiempos se ha modificado peligrosamente por el aumento del ruido. El signo de la modernidad y del desarrollo económico y tecnológico es justamente la casi permanente exposición a sonidos que alcanzan riesgosos niveles de intensidad.

Esto nos enfrenta a la posibilidad de daños físicos irreparables en nuestro sistema auditivo y también a cambios en nuestras conductas, afectando especialmente las formas de relación y comunicación interpersonales. Algunos estudios sobre este problema han propuesto el concepto de violencia acústica: la violencia ejercida a través del sonido.

Esta violencia puede presentar en muy diversas formas: de expresiones en una conversación, pasando por la música que escucha nuestro vecino y que se filtra por la pared, hasta el estrépito constante de una ciudad. Es importante distinguir que no todos los casos de violencia acústica son intencionales. En muchos casos el o los “agresores” no son concientes que están ejerciendo una forma de violencia.

Estudiar estos problemas no se limita a la realización de un diagnóstico, sino que aportan líneas para proponer modificaciones en pro de una mejora de la calidad de vida. Nuevos diseños acústicos, desarrollo de reglamentaciones que controlen los niveles sonoros, etc. son un ejemplo de posibles proyecciones de estos estudios.

Pero lo principal es la toma de conciencia sobre las condiciones de nuestra realidad sonora, principalmente en el entorno urbano. Y a partir de ella la construcción de una actitud responsable, asumiendo cada uno un rol protagónico en los cambios en nuestra calidad de vida.

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